Toda gestión política deja un rastro inconfundible a su paso. Una marca que define prioridades, compromisos y, sobre todo, la sensibilidad de quien gobierna hacia sus vecinos. Hoy, tras un tiempo prudencial de mandato, ya es posible seguir con total claridad las primeras y profundas huellas que el señor alcalde está dejando en nuestro municipio. Desgraciadamente para la ciudadanía, estas pisadas no van en la dirección del bienestar común, sino en la de los intereses partidistas, el ahogo fiscal y la imposición.
La primera huella se marcó con prisa, casi sin dar tiempo a que los vecinos asimilaran el resultado de las urnas. Nada más entrar al gobierno, la prioridad absoluta no fue diseñar un plan de choque social o mejorar las infraestructuras; fue una subida de sueldos para los políticos del 20%. Un incremento notable que contó con el cómodo respaldo de prácticamente todo el arco plenario, con la única y coherente excepción de Esquerra Unida-Podem. Resulta profundamente injusto que el primer acto de servicio de un ejecutivo sea, precisamente, servirse a sí mismo.
Pero las huellas de esta forma de entender la política van directas al bolsillo de los contribuyentes, sin distinguir entre hogares y comercios. La segunda gran marca ha sido el hachazo fiscal en el recibo de la basura, un auténtico atropello para la economía doméstica: hemos pasado de pagar 84 euros habituales a rozar los 200 euros en términos generales, alcanzando en algunos casos la escandalosa cifra de 236 euros. A esto se suma el castigo a la hostelería local con la tasa de mesas y sillas, donde además se han cargado el factor de permanencia, eliminando cualquier proporcionalidad y asfixiando a un sector clave de nuestra economía. Pagamos muchísimo más por los mismos servicios de siempre.
La última huella, quizás la más visible y ruidosa, la encontramos en la calle. En San Vicente del Raspeig, estamos asistiendo a una oleada de obras ejecutadas de espaldas a la ciudadanía, de forma unilateral y sin la más mínima participación vecinal. No se consulta a quienes viven y dinamizan los barrios; simplemente se impone el camión y el taladro. El resultado de esta falta de diálogo es evidente en nuestros espacios públicos, donde se está cometiendo un auténtico desaguisado con el arbolado, eliminando sombra y patrimonio verde de manera incomprensible.
Gobernar es elegir, y el señor alcalde ya ha elegido su camino. Su rastro es el de la política que se aleja de la realidad de la calle: primero se aseguran los sueldos en los despachos, después se traslada la factura a las casas y comercios, y finalmente se transforma el municipio a golpe de decreto y hormigón sin escuchar a nadie. Esas son sus huellas, unas pisadas caras, pesadas e impositivas que los ciudadanos de a pie vamos a tener que sufrir durante demasiado tiempo.
Alberto Beviá Orts
Representante de Esquerra Unida en el Grupo Municipal EU-UP







































